Aromas de niñez

No, no es siempre el mismo momento. Es solo ese instante. Por las mañanas, bien temprano, cuando el sol todavía no asomó y la cocina huele a noche vencida. Cuando pongo las rebanadas de pan en la tostadora y el leve clic anuncia que el viaje empezó.

Es en ese segundo cuando ese aroma, aunque llega cada día, me toma por sorpresa. Como si alguien lo hubiera dejado escondido ahí, entre las migas del día anterior. Es en esa fracción de tiempo que reacciono y voy a despertar a mi hijo. Y es justo ahí —no antes, no después— cuando todo se me viene encima.

Ese olor me atraviesa. Me lleva directo a una cocina del pasado, un pasado que, en ese momento, no supe que estaba empezando. Azulejos verdes, gastados en los vértices, como si el tiempo se hubiera escurrido por esas esquinas. Una mujer en bata. Un café con leche humeante.

La fragancia llegaba apenas un rato antes que el dulce golpecito en el hombro y la voz
suave de mi mamá diciendo: “Dale, levantate, que se enfría”.

En las mañanas de escarcha, ese primer llamado no alcanzaba para despegarme los ojos
pegoteados de lagañas. Venía un segundo intento, más firme; lo justo para hacerme salir
de la cama tibia y meter los pies en el suelo helado, ese que me conectaba al mundo real
en un instante.

Se me vienen encima aquellos inviernos en los que lavarme la cara era una tortura. El
agua helada me pinchaba la piel como agujitas de hielo, y más de una vez maldecía bajito
mientras los dientes me castañeteaban al enjuagarme la boca.

Todavía la veo a mi madre corriéndome por toda la casa con el guardapolvo en la mano. Cuando lograba atraparme, me lo colocaba con energía, como si al abrochármelo también intentara despabilarme. Mientras tanto, mi tía —silenciosa como una sombra— revisaba que la mochila estuviera completa.

Cuando al fin salíamos, la tía me agarraba de la mano y caminábamos rápido hasta la parada del colectivo. El aliento se nos volvía nube, y yo me imaginaba que manejaba un tren que largaba humo al andar. Desde la puerta, mamá nos miraba. Siempre ahí, quietita, envuelta en su batón de lana, como una sombra tibia. No podía llevarme al colegio como las otras mamás. La enfermedad la tenía atada a la casa.

A la salida del cole, el ritual se invertía. Todos mis compañeros se iban con sus madres, de la mano, hablando bajito. A mí me esperaba la tía, con una manzana grande y roja que sacaba del bolsillo del tapado como si fuera un tesoro. Quería cambiarme la cara de tristeza, poniéndome una sonrisa. Y lo lograba. Yo amaba esas manzanas. A veces pienso que eran su forma de decirme, sin palabras, que todo iba a estar bien.

Nunca supe del todo qué tenía mi mamá. Solo recuerdo que, cada tanto, viajaba a la capital y se quedaba una temporada con los abuelos. Decían que allá la podían atender mejor los médicos.

Me acuerdo de un día en particular. La tía me vistió con mi mejor ropa: pantalón largo, camisa de cuello duro, zapatos lustrados. Íbamos a visitar a mi mamá. Salimos apurados, como siempre. Vivíamos a dos cuadras de la estación, y justo estaba por pasar el tren. Si lo perdíamos, había que esperar más de una hora y media o dos para el próximo.

El viaje hasta la capital era largo, pero me fascinaba. Iba todo el trayecto con la nariz pegada al vidrio, siguiendo con la mirada los árboles, las vacas, los molinos. Estaba atento a cada detalle de aquel paisaje. A medida que nos acercábamos a la ciudad, el campo se achicaba, y las primeras casitas bajas se volvían edificios más altos, grises, apretados entre sí.

Cuando llegábamos a Retiro, sentía que entrábamos en otro mundo. Aquel lugar era enorme y lleno de gente, que caminaba apurada en distintas direcciones. La tía me apretaba fuerte la mano y me susurraba:

—No te sueltes. Te podés perder… o que alguien te lleve.

Lo decía con una seriedad que lograba asustarme y hacerme caminar apretadito contra el
cuerpo de ella. Esa vez, salimos de la estación y nos subimos a otro colectivo. Era de otro color, distinto al que siempre tomábamos cuando nos dirigíamos a ver a los abuelos. Inquieto, le
pregunté:

—¿A dónde vamos?

—A ver a tu mamá —dijo, sin vueltas.

Después de un tiempo, descendimos del ómnibus y caminamos varias cuadras. Llegamos a un edificio grande. Vi una cruz verde: aquello era un hospital. Subimos en ascensor hasta el cuarto piso, cruzamos un pasillo largo, brillante, hasta llegar a una habitación. Y ahí estaba ella.

Apenas la vi, me largué a reír.

—¿De qué te reís? —preguntó ella, sonriendo.

—Porque tenés el cuello muy finito —dije, con una sonrisa inocente. Desconociendo lo que estaba sufriendo.

Algún tiempo después, volvió a casa. Estaba flaquita, y no se levantaba mucho.

—Necesita descansar —me decía la tía, como si el descanso fuera una medicina invisible.

Mis esperanzas de que un día me acompañara al colegio se fueron postergando… hasta que, con el pasar de los días, empecé a preguntarme si alguna vez pasaría.

De a poco, mamá empezó levantarse y caminar por la casa. Primero despacito, tanteando cada paso. Después, con más firmeza. Cuando se sintió segura, se animó a salir, a hacer algunas compras, a charlar con las vecinas. Verla así me alimentaba la ilusión; tal vez, algún día, podría llevarme hasta la escuela.

Lo deseaba tanto que, por las noches, me lo imaginaba una y otra vez; caminando juntos, su mano en la mía, llegando al colegio, los chicos mirándonos. Así dejarían de molestarme. Estaba harto de explicar que era mi tía la que me acompañaba. Pero lo que más dolía —lo que más me enojaba, aunque no supiera decirlo— era que se burlaran de mí. Me decían que no tenía mamá. Que era huérfano. Eso me pesaba más que la mochila.

Promediaba septiembre, y el frío parecía haberse despedido hasta el año siguiente. En el cole empezaban las actividades al aire libre. Y eso, sumado a ver a mamá recuperándose de a poco, me daba una felicidad difícil de esconder.

Aquel mediodía estábamos formados en el patio abierto. Desde ahí podía ver la calle y las personas que estaban en el lugar, aguardando nuestra salida. De pronto, entre la gente, la vi. Estaba con mi tía. Era ella. Mamá.

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Quería que la formación terminara ya, salir corriendo y abrazarla. Pero antes de que pudiera moverme, la maestra se me acercó.

—¿Estás bien? ¿Por qué llorás?

—Es que creo que está mi mamá esperándome afuera —le dije, con la voz entrecortada, mientras me secaba las lágrimas con el puño del guardapolvo.

Ella me abrazó fuerte y me sostuvo así durante toda la ceremonia de arriar la bandera. Cuando finalizó me empujó suavemente hacia adelante, como dándome permiso para saltearme el orden de salida. Pero no me moví. Me quedé en mi lugar. Quería que todos me vieran con ella.

Al fin, llegó el turno de mi fila. Bajé la cabeza y empecé a caminar rápido, como cuando salía apurado de casa con la tía. A cada paso, el corazón me golpeaba el pecho con más fuerza. Levanté la vista. Vi a la tía… ¿y ella?

Mamá no estaba a su lado.

Seguí caminando, cada vez más despacio. Y entonces noté los ojos húmedos de la tía. Cuando llegué, se agachó, me estrechó con fuerza entre sus brazos … y rompió en llanto.

Lo supe en ese instante.

Ya no volvería a ver a mi mamá.

Este aroma no me trae nostalgia, tampoco tristeza. Es algo más raro. Como si el tiempo se doblara, como si las tostadas fueran un umbral entre lo que fui y lo que soy.

Y mi hijo, que todavía duerme del otro lado del pasillo, no lo sabe…

Pero cada mañana, cuando lo despierto, también me despierto yo.

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