No te vayas

– En memoria de los pasajeros del vuelo de LAPA 3142

Te miraste con Julia y se entendieron sin hablar: era momento de irse. Hora de dejarles la noche a los jóvenes.

Mientras salías del salón, no podías dejar de mirarla. Tu nieta. Esa nena que, de golpe, tenía quince años. Y que ahora, perdida entre el vestido largo, el maquillaje y esas uñas que no parecían suyas, se movía como si siempre hubiera sido así.

Al recordar el momento en que la viste entrar, te pasaste la mano por la cara, como si alcanzara para retener lo que desbordaba desde tu interior.

Apenas llegaron al hotel, te tiraste en la cama. Al día siguiente volvías a Córdoba. Julia se quedaba unos días más, yendo y viniendo entre la nena y sus amigas porteñas.

Te levantaste más tarde de lo que pensabas. Apenas te alcanzó para cerrar la valija, un café y pasar a saludar a la familia. En unas horas salía el vuelo.

Los esperaban para despedirse. Te aflojó el cuerpo verla ahí. A la nena de siempre, con esa timidez que no se le iba.

Mientras almorzaban, algo no terminaba de acomodarse en vos. No era por la despedida. Tampoco por el viaje. Era otra cosa, más difícil de poner en palabras.

Te levantabas de la mesa. Salías al patio. Entrabas. Te movías de un lugar a otro, como si en ninguno hubiera lugar.

Julia te advirtió que se hacía tarde. Tomaste el teléfono y llamaste a un taxi. Comenzaste la rutina de saludos y despedidas. Te acercaste y te fundiste en un abrazo con la pequeña, sin decir nada. Volviste a sentir la humedad en los ojos. La espera se hacía larga. Bufaste.

El auto hizo sonar la bocina. Estaba en la puerta. Tomaste tus cosas, abriste la puerta. Al salir, tu nieta te miró.

—Abuelo, no te vayas.

Te diste vuelta, le sonreíste. Le tiraste un beso al aire y subiste al taxi.

El tránsito estaba denso. El auto avanzaba a paso de hombre. Te acomodabas en el asiento. Volvías a acomodarte. No hallabas la posición correcta. El tiempo parecía estirarse.

Apenas el taxi estacionó en el aeropuerto, saliste despedido hacia los mostradores. Sabías que estabas al límite de tiempo. La empleada te frenó, seca:

—Ya estamos cerrando este vuelo. Vaya directo a embarque. Puerta 5.

Pasaste los controles casi sin respirar. La mayoría ya había embarcado. Quedaban pocos en la fila. Llegaste justo para subir al último bus que los llevaba hasta el avión. El recorrido fue corto. Ahí estaba. Creíste ver gente trabajando debajo de las alas.

—Avance, por favor —apuró la azafata.

Subiste.

Ya arriba, viste que te habían asignado la fila de emergencia, junto a la ventanilla. No te gustaba aquel lugar; desde allí solo veías el ala. Los otros dos ya estaban sentados. Uno de ellos estaba dormido. Viste la cara de fastidio cuando se tuvo que levantar, aunque no te dijo nada. La azafata tomó tu valija de mano y la llevó a otro lugar. En esa fila no se podía dejar nada. Antes de retirarse te preguntó:

—¿Comprende bien el idioma inglés?

Asentiste con la cabeza. Quiso intercambiar un breve diálogo en aquel idioma, para asegurarse.

El comandante dio la orden de cerrar las puertas. Estaba todo listo para la partida.

El avión comenzó a moverse lentamente, buscando la cabecera de pista para despegar. En el trayecto, el comandante volvió a hablar.

—Señores pasajeros, les habla el capitán Gutiérrez. Les doy la bienvenida a este vuelo. Tenemos el turno tres para el despegue. Les informo que tenemos condiciones climáticas óptimas para volar. Ascenderemos hasta los diez mil metros de altitud; estimamos aterrizar en el aeropuerto de Córdoba en una hora y diez minutos. Ajusten bien sus cinturones y disfruten el viaje.

El avión detuvo la marcha. Unos instantes después viste despegar al vuelo que estaba en primer turno. Avanzaron un poco más. Viste al segundo vuelo partir. Ahora sí, el avión avanzó, giró lentamente al tiempo que el comandante ordenaba:

—Tripulación, prepararse para el despegue.

Los motores comenzaron a rugir cada vez con más potencia. El fuselaje vibraba. De pronto se impulsó hacia adelante. A toda potencia. El cuerpo se te fue hacia atrás.

El avión carreteaba cada vez a mayor velocidad. Veías pasar todo muy rápido. Las luces y las formas se volvían borrosas.

A la altura de la torre de control, la nave levantó la nariz… pero volvió a caer con un golpe seco sobre la pista. No despegaba. Y sin embargo seguía. No frenaba.

El ruido creció de golpe. Un zumbido grave, sostenido, que te llenó la cabeza. La vibración empezó en los pies y te subió por las piernas, por el pecho, hasta hacerte castañear los dientes. Algo no estaba bien. Pensaste lo peor. Aquello era el final. Por tu mente pasaron cada uno de tus seres amados.

El impacto. Seco. Violento. El cuerpo se te fue hacia adelante. El cinturón te clavó. El aire se te cortó. Después, otro ruido. Más fuerte. Un estallido. Y el fuego.

Lo viste venir desde adelante. No como una llama clara, sino como una masa naranja que avanzaba, empujada por el aire. El calor llegó antes que el dolor. Un golpe en la cara. En las manos. El olor.

Combustible. Plástico. Algo más. Gritos. Demasiados. Encima unos de otros. Un rezo que no sabías si salía de tu boca o de la de otro.

El avión seguía moviéndose. Otro impacto. Más brusco. Más cerca. Sentiste cómo algo se abría. Un desgarro largo, metálico. El aire entró de golpe. Frío. Violento.

En medio de todo eso, nítida, imposible:

—Abuelo, no te vayas.

No pensaste. Te soltaste. Te lanzaste. Caíste. Golpe seco. Después otro. Rodaste sin control. El pasto raspando la cara. La ropa enganchándose. El calor seguía atrás.

Te levantaste como pudiste y corriste. Corriste sin mirar. El aire quemaba al entrar. Cada paso dolía. El ruido seguía atrás.

Después, otro estallido. No te diste vuelta. Seguiste. Hasta que el cuerpo se quedó sin fuerza. Te detuviste.

El pecho iba y venía sin ritmo. El olor seguía pegado. Miraste alrededor. No entendías. Solo el zumbido en los oídos. Y de a poco… el silencio.

De pronto, alguien te envolvió con una manta y te abrazó fuerte. Con toda la delicadeza que puede existir en la urgencia, te recostó en el piso.

Te preguntó cómo te llamabas, si tenías familia. Lo primero que pediste fue que llamaran a la nena. Imploraste.

Después de responderle, viste al hombre sacar el teléfono. Le diste el número. Rogaste:

—Por favor… dígale que el abuelo no se fue.

Todo se apagó.

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