Soledad

El otoño había llegado a San Bartolomé con su puntualidad implacable, pintando los árboles de ocre y dorado para luego desnudarlos; ya la primavera se encargaría de tejerles nuevos ropajes. Las calles adoquinadas crujían bajo las hojas secas, mientras un aire caliente y frío se colaba por las rendijas de las viejas casas, impregnándolo todo de una melancolía serena.

Entre tantas, se alzaba una antigua casona de muros agrietados, con rejas oxidadas que parecían contar secretos del pasado y persianas resquebrajadas que dejaban al viento entonar su lamento. Mientras tanto, la humedad, paciente y sigilosa, se había ido infiltrando entre sus muros, envolviendo la casa en una quietud sin tiempo.

La rodeaba un jardín que alguna vez había sido un pequeño paraíso de rosales, cuidados con esmero por las manos pacientes de Dolores. En otros tiempos, esas flores encendían los canteros con rojos intensos y un perfume que se colaba por las ventanas abiertas. Ahora solo quedaban los esqueletos secos de aquellos tallos, la tierra resquebrajada por la sed y matones de pasto que poco a poco se iban apoderando del jardín, borrando la belleza de lo que fue.

Hacía más de cuarenta años que Dolores habitaba la casa; primero con Ernesto, su compañero de toda la vida, y luego sola. Desde aquella tarde de enero en que lo vio desplomarse, fulminado por un infarto mientras regaba el jardín —arrancándolo de su lado, sin ruido y sin despedida—, la casa pareció ensordecer. Desde entonces, la ausencia se volvió su única compañía; convivencia solo alterada cada tanto por la visita esporádica de sus hijos o el breve alboroto de sus nietos.

Rodolfo y Elena se habían ido hacía años. Primero Rodolfo, que apenas se recibió, se mudó a Buenos Aires por trabajo y nunca más volvió a instalarse en San Bartolomé. Siempre había si do el más callado, el que prefería escaparse al río con la caña antes que quedarse a charlar en la galería. Después se casó con Silvia, una mujer cálida pero práctica, con la que tuvo dos chicos.

Más tarde, Elena seguiría sus pasos. También se recibió y al poco tiempo se casó y se instaló con su esposo en Buenos Aires. Allá ejerció la docencia con verdadera pasión, mientras criaba a tres niñas que, según contaba en el grupo de chat familiar, la desbordaban de amor y cansancio.

Ambos venían a visitarla de vez en cuando, pero la frecuencia fue mermando con los años, como todo lo que se estira demasiado. Llamaban, sí, y mandaban fotos en sus mensajes de texto, aunque Dolores nunca terminó de entender del todo cómo manejar el teléfono. Ella decía que con escuchar sus voces le alcanzaba, aunque en el fondo extrañaba las manos, los abrazos, los olores.

Dolores vivía envuelta en una rutina que hacía que un día se le pareciera al otro, como si el tiempo caminara en círculos. Se levantaba al alba, encendía la estufa, calentaba el agua para esos mates amargos que ya no sabían a nada y se quedaba mirando por la ventana, hacia la calle vacía, mientras la memoria la arrastraba, una vez más, al pasado. Solo salía de ese vaivén de recuerdos cuando alguno de sus hijos la llamaba por teléfono —se turnaban para hacerlo— o, en ocasiones, cuando venían a visitarla.

Fue durante una de esas visitas, para celebrar con ella el Día de la Madre, que tanto Elena como Rodolfo notaron lo evidente: su mamá ya no estaba del todo bien. Aunque acababa de cumplir sesenta y ocho años, la vieron frágil, como si hubiera envejecido más de lo que marcaba el calendario. Se movía con torpeza, a veces parecía desorientada, y sus recuerdos se confundían entre lo real y lo imaginado. En medio de las charlas, cambiaba de tema sin darse cuenta o contaba cosas que parecían más sacadas de un sueño que de la vida misma.

La casa también hablaba. Estaba desordenada, con rincones cubiertos de polvo y vajilla apilada sin lavar. Algo en el ambiente les dio la certeza de que, aunque ella dijera estar bien, ya no podía sola. Entendieron, sin necesidad de decirlo en voz alta, que necesitaba ayuda. Alguien que cocinara, que limpiara, que la acompañara. Alguien que la cuidara, simplemente.

Durante ese fin de semana hablaron con ella con paciencia, casi con ternura. Le explicaron que no se trataba de lástima ni de desconfianza, sino de amor. Le prometieron que entre los dos se encargarían de los gastos, que no iba a estar sola, que todo sería más liviano. Dolores, al principio, se resistió. Le costaba aceptar que ya no podía con todo, que su cuerpo y su cabeza empezaban a traicionarla. Pero terminó cediendo, como ceden las ramas viejas cuando el viento insiste sin apuro.

Días más tarde, llamó a Rodolfo para contarle que ya había encontrado a alguien. Se llamaba Soledad, y era pariente de unos viejos vecinos del pueblo. Con esa noticia, sus hijos respiraron un poco más tranquilos. Aunque sabían —porque en el fondo lo sabían— que nada, ni siquiera una presencia nueva en la casa, podría aliviar del todo el peso de la ausencia que envolvía a su madre como una sombra persistente.

Sus hijos, en los primeros tiempos, llamaban casi a diario, tratando de conocer a Soledad a través de los dichos de su madre. Para sorpresa de ambos, lejos de mostrarse molesta por la presencia de otra persona en su casa, Dolores parecía aceptarla con naturalidad, incluso con cierta gratitud.

A la pregunta: «Mamá, ¿todo bien?», ella respondía: «Sí, sí, no se preocupen». Y agregaba: «Hoy Soledad me preparó sopa de fideos», o «Soledad limpió el baño, qué buena es». Ellos siempre cerraban la llamada con la misma promesa: «Pronto vamos a ir a conocerla».

Fue Rodolfo quien viajó primero a Córdoba, con la intención de conocer en persona a la joven cuidadora. Al llegar a la casa de su madre, la encontró sola. Ella, sin titubear demasiado, apuró una excusa: «Soledad tuvo que viajar de urgencia a ver a su padre, pero me prometió que el lunes estará de regreso». Rodolfo no dijo nada. Nunca había sido de discutir. Pero algo en la escena le resultó incómodo. La casa estaba desordenada, con polvo en los muebles, platos api lados en la pileta, y un aire espeso que no supo explicar. Algo no le cerraba del todo.

Semanas más tarde fue Elena quien decidió viajar. Tampoco pudo conocer a la joven. Esta vez, la excusa fue distinta: «Sabía que venías, y le dije que se tomara el fin de semana para visitar a su familia». Elena, más frontal que su hermano, no se lo dejó pasar: «Mamá, viajé expresamente para conocerla».

Como su hermano, también notó cierto descuido general, una falta de signos evidentes de otra presencia en la casa. No solo era el desorden: era una sensación vaga, algo en la forma en que su madre hablaba, en los silencios entre frase y frase, en la manera en que esquivaba ciertos
temas. Antes de irse, le dijo con firmeza: «Voy a volver pronto. Y esta vez, queremos que esté Soledad».

Durante el viaje de regreso, Elena no pudo apartar de su mente una maraña de ideas que se entrecruzaban sin orden. Por un lado, su madre se veía animada, incluso mejor de lo que esperaban. Pero el entorno seguía igual, con la misma tibieza gris que dejaba ver más de lo que ocultaba; donde todo parecía esperar algo que nunca llegaba.

Hasta le pareció irónico el nombre de la chica: «Soledad». Casi una burla del destino. Porque justamente eso era lo que llenaba cada rincón de esa casa; una soledad espesa, persistente, como un susurro que no se decía en voz alta, pero que todos podían oír.

Repasó mentalmente cada habitación. No había rastros de otra mujer. Ningún cepillo de dientes que no fuera el de su madre. Ningún abrigo colgado en el perchero. Ninguna cama que pareciera estar siendo usada por alguien más. Sin embargo, Dolores hablaba de Soledad con tanto afecto, con detalles cotidianos, con esa ternura que se reserva para alguien que realmente se aprecia.

«¿Y si…?», pensó por un momento. Pero espantó la idea enseguida. No. No podía ser eso. Se repitió que en el pr óximo viaje la conocerían. Y se aferró a esa idea como quien se aferra a lo único que le queda.

Ya de regreso en Buenos Aires, el runrún seguía aturdiéndole la cabeza a Elena. Esa idea —que había cruzado su mente como un chispazo fugaz— volvía una y otra vez, cada vez con más fuerza, como una gota que cae siempre en el mismo lugar. No resistió más. Tomó el celular y llamó a su madre.

—Hola, nena… ¿llegaste bien? —preguntó Dolores con su voz habitual, suave, un poco apagada.

—Sí mamá, ya estoy en casa. ¿Ya volvió Soledad de visitar a su familia?

—Sí, querida. Ya está trabajando —respondió, tras una breve pausa.

—¿Me la podrías pasar? Por lo menos así le conozco la voz.

—Ah… justo salió a hacerme unas compras. Te llamo cuando vuelva, así hablan —dijo Dolores, y su tono se volvió un poco más tenso, apenas perceptible, como si el aire se le hubiera llenado de dudas.

—Dale, espero tu llamada, mami. Un beso —cerró Elena.

Cortó el teléfono con el ceño levemente fruncido. Había notado el nerviosismo en la voz de su madre, ese titubeo mínimo que no tenía antes. Pero no quería obsesionarse. Se dijo a sí misma que iba a esperar el llamado. Solo eso. Esperar.

Aquel llamado dejó a Dolores temblando. Supo, con la certeza que da el instinto, que sus hijos ya se habían dado cuenta. Ya no le quedaba margen para seguir con ese juego. El cuerpo se le tensó de golpe, un sudor frío le recorrió la espalda y el pulso se le desbocó como un caballo sin riendas. Quiso agarrar el teléfono, pero le temblaban tanto las manos que se le cayó al piso y se rompió. Se quedó incomunicada. Sintió una mezcla extraña: bronca por la rotura, y al mismo tiempo, un alivio que no se animó a reconocer del todo. Tendría más tiempo para pensar otra historia.

Al caer la noche, al no recibir noticias de su madre, Elena intentó llamarla. Pero cada vez que marcaba, le respondía el buzón de voz. Pensó que quizá se le había agotado l a batería, y decidió volver a intentarlo al día siguiente.

Al otro día, el resultado fue el mismo. Nada. La misma voz grabada. Inquieta, con una in quietud que ya le o primía en el pecho, llamó a su hermano para contarle lo que estaba pasando. Rodolfo también intentó comunicarse, pero fue inútil. Siempre el contestador. Siempre esa voz latosa de una grabación.

Entonces Elena tomó una decisión; viajaría a San Bartolomé. No iba a quedarse esperando del otro lado del teléfono. Tenía que ver qué estaba pasando.

Llegó al pueblo de madrugada. Imaginó que su madre aún estaría dormida. Golpeó suavemente la puerta, con cuidado de no sobresaltar ni a Dolores ni a la joven Soledad. Nadie respondió. Recordó que su madre tomaba pastillas para dormir. Luego de tener presente esto, usó sus llaves e ingresó con sigilo.

La casa estaba igual que en su última visita: algo desordenada. El polvo sobre los pisos y los muebles indicaba que hacía tiempo nadie limpiaba. Nada de eso la sorprendió. Le llamó la atención la taza de té recién hecho. Demasiado reciente.

Fue recorriendo cada ambiente con una mezcla de cautela y tristeza. Ninguna habitación mostraba señales de haber sido ocupada por alguien más. Su madre estaba sola.

Se dirigió al dormitorio de Dolores. Caminó en puntas de pie y, cuando estaba por abrir la puerta, escuchó un murmullo leve, como si hablara con alguien. Por un instante sintió alivio: al fin conocería a la joven cuidadora. Esperó unos segundos y golpeó suavemente.

—¿Quién es? —preguntó su madre.

—Soy yo, mamá —respondió Elena mientras abría.

Dolores estaba recostada, con el cuerpo encogido como el de una niña.

—¿Con quién hablabas?

—¿Yo?

Elena avanzó hasta la cama. Entonces lo vio.

Al costado, una silla. Sobre ella, sentada con cierta elegancia, una muñeca antigua, prolijamente vestida, con una pulsera diminuta en uno de los bracitos. Elena la tomó y leyó el nombre grabado en letras minúsculas. Sintió que se le cerraba la garganta.

Ese suspiro la delató. Dolores se incorporó sobresaltada, confundida, como si regresara de un sueño demasiado hondo.

—¿Ella es Soledad? —preguntó Elena, apenas en un hilo de voz.

Dolores no respondió. No hizo falta. Sus ojos, vidriosos, vencidos, lo dijeron todo.

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