«Entré. El local estaba vacío, pero tardó en atenderme. Me quedé parado frente al mostrador, esperando. Después de un rato, salió del fondo.
—¿Qué desea… doctor? —preguntó, con un tono cargado de ironía.
—Buenas tardes, Mario. ¿Cómo estás? —hice una pausa, por si quería contestar, pero como no lo hizo, seguí—. Estoy buscando un analgésico para la migraña; por favor.
Sin decir palabra, se dio media vuelta y fue a buscarlo. Al regresar, me lo dejó sobre el mostrador como si fuera algo sucio.
—Acá tiene. Son quince mil pesos —dijo, con cara de pocos amigos.
—Mario, por favor… ¿podés explicarme qué les pasa a todos en este pueblo? ¿Por qué nadie me saluda?
—¿Cómo que qué nos pasa? ¿Qué te pasa a vos? ¿Cómo pudiste hacer eso?
—¿Qué hice? Decime… ¿qué hice?
—Vos sabés bien lo que hiciste.
—No, no lo sé…
Me quedé ahí, parado, esperando una respuesta que no llegó. Pagué, tomé el medicamento y salí. Al llegar a la esquina de mi casa, el patrullero del pueblo se detuvo a mi lado. El conductor, un oficial joven que conocía de vista, me gritó desde la ventanilla:
—Buenas, doctor. El comisario quiere hablar con usted. Suba, lo llevo...»