«El silencio era peor que las explosiones. Ese silencio cargado, expectante, lo obligaba a escuchar su propio corazón; cada latido era un tambor que anunciaba el final. Pensaba que en cualquier momento el cielo iba a partirse en un fogonazo, que un proyectil podía elegirlo a él y borrar todo en un instante. Pero se prometió a sí mismo que iba a ver el sol del amanecer.
A veces escapaba de allí, entrecerrando los ojos para traer a su mente los chamamés que escuchaba y bailaba los fines de semana en su Curuzú natal. Recordaba la plaza, la canchita de fútbol, a sus hermanos, a sus amigos y, sobre todo, a su madre. Su cabeza era también un campo de batalla, donde la vida y la muerte dirimían su estado de ánimo.»