Asunción #22

No habíamos terminado de sacarnos la garganta con el gol cuando el juez pegó el soplido final. El fin de la agonía. Se desató el manicomio. Miles de manos apuntando al cielo, como queriendo tocar a los que ya no estaban pero que, uno sabe, estaban ahí sentados con nosotros. Celulares arriba para capturar el milagro, rostros que se iluminaban con una luz que no era la del sol. Los «nadies» de siempre, los que la reman todos los días, de repente se sentían dueños del mundo. El «Racing Campeón» ya no era una expresión de deseos o un ruego a la virgencita: era una realidad de cemento y gloria. El calor agobiante de Paraguay se rindió ante esa tibieza humana, ese calor de pueblo que te envuelve y te dice que, al menos por hoy, la felicidad es nuestra.

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