Asunción #21

Los brasileños venían como una marea; los tipos no paraban, eran máquinas de tirar centros y nosotros éramos once náufragos manoteando lo que fuera. La pelota quemaba. Nuestros pibes no la daban, se la sacaban de encima como si fuera una granada sin seguro. Y el «Gaviota» Arias… ¡qué artesano del tiempo, por Dios! Agarraba una bocha aérea, se abrazaba al cuero como si fuera el primer amor y se desplomaba contra el pasto con una fragilidad de cristal de Bohemia. Se quedaba ahí, midiendo los segundos, mientras el árbitro lo miraba con cara de pocos amigos. Arias buscaba, con esa astucia de los que saben lo que se están jugando, que el reloj se muriera de una vez.

A mi alrededor, el aliento se transformaba en un estruendo cada vez que uno de los nuestros la revoleaba a la tribuna. Pero ese bullicio se hacía un murmullo tenso, un nudo en el estómago, cada vez que ellos se acercaban peligrosamente a nuestro arco. De repente, un defensor de la Academia rechazó una pelota con el alma, lanzándola al medio del campo. Ahí le cayó a nuestro delantero, que arrancó una corrida veloz y solitaria hacia el arco rival. Cada paso que daba parecía durar un año entero. Al enfrentar al arquero, metió un remate cruzado, seco, que dejó al tipo sin chances y selló el tercer gol.

Scroll al inicio