El tipo de amarillo, con esa parsimonia que solo tienen los que no sufren, levantó el cartelito. Cinco minutos. Cinco minutos que, en el aire agobiante de Asunción, pesaban como cinco siglos de condena. El estadio era una caldera de nervios, un vapor espeso que se te pegaba a la nuca y te hacía dudar de si ibas a salir vivo de ahí. Esos cinco minutos no eran tiempo: eran el purgatorio. Estábamos colgados del alambrado, con el corazón queriendo salirse de la caja torácica para irse a vivir a otro cuerpo que estuviera más tranquilo. Para los que estábamos ahí, el reloj se había puesto de acuerdo con el diablo para no avanzar más. Era la gloria eterna o masticar ese rancio sabor a derrota que te queda en el fondo de la garganta por años. La ansiedad era un bicho que te caminaba por la espalda, mientras el rugido de la gente retumbaba en el cemento. En esos instantes, el miedo a que nos empataran sobre la hora dolía más que el sol que nos venía castigando desde temprano.