El Vuelo del comandante:
Al rato, la jauría se amontonó alrededor del técnico. Lo agarraron entre todos y lo empezaron a revolear para arriba como si fuera un muñeco de trapo, pero con un amor que te partía el alma. Cada vez que el tipo subía, parecía que quería tocar ese cielo que, a esa hora, ya no se sabía si era el sol paraguayo o la bandera nuestra. Abajo, el estadio era una marea de trapos celestes y blancos que te mareaba. Asunción se había entregado: el calor, el guaraní y las palmeras se habían mudado a Avellaneda. Éramos locales en cualquier lado, porque la alegría, cuando es de esta magnitud, no reconoce fronteras ni pasaportes.