No habíamos terminado de sacarnos la garganta con el gol cuando el juez pegó el soplido final. El fin de la agonía. Se desató el manicomio. Miles de manos apuntando al cielo, como queriendo tocar a los partieron hace tiempo o simplemente a los que no pudieron viajar pero que, uno sabe, estaban ahí sentados con nosotros en el escalón. Celulares arriba para inmortalizar el milagro y rostros que se iluminaban con una luz que no era la del sol. Los «nadies» de siempre, los que la reman todos los días para llegar a fin de mes, de repente se sentían dueños del mundo. Los que no tenían nada se sentían millonarios. El “¡Racing Campeón!” dejó de ser un ruego a la virgencita para convertirse en la proclamación de una realidad gloriosa. El éxtasis se nos metía por los poros y ya no había incomodidad que valiera. Lo que nos envolvía ahora era ese manto de piel y garganta, esa calidez de pueblo que te dice que, aunque el mundo sea un lugar difícil y a veces a contramano, por un rato la felicidad nos regala un mundo mucho más amigable.