No, no es siempre el mismo momento. Es solo ese instante. Por las mañanas, bien temprano, cuando el sol todavía no asomó y la cocina huele a noche vencida. Cuando pongo las rebanadas de pan en la tostadora y el leve clic anuncia que el viaje empezó.
Es en ese segundo cuando ese aroma, aunque llega cada día, me toma por sorpresa. Como si alguien lo hubiera dejado escondido ahí, entre las migas del día anterior. Es en esa fracción de tiempo que reacciono y voy a despertar a mi hijo. Y es justo ahí —no antes, no después— cuando todo se me viene encima…